El 99% de la población del mundo tiene que lavar la loza y preparar sus propios alimentos. No por gusto. No por ambientalistas. No por veganos. Sino por pura y simple obligación.

A veces pasa lo mismo con nuestros trabajos. Debemos usar nuestro tiempo, energía y creatividad en iniciativas que no nos convencen, no nos motivan, no nos hacen sentir plenos. El futuro se ve lejano y el presente parece carcomerlo de a poco.

Parece que hemos visto mucho tiempo a las Kardashian, a la pareja Real o a Lionel Messi. Merecemos el estilo de vida que ellos llevan. Lo merecemos porque gastamos todo nuestro tiempo libre viendo sus vidas en una pantalla mientras consideramos lo desafortunados que somos al tener que lavar las ollas pegadas de arroz mientras ellos comen en restaurantes de tres estrellas Michelin.

La realidad no es fácil de tragar cuando solo comes algodón de azúcar. Porque eso son las redes sociales y las páginas de farándula. Una gran montaña de colorantes y azúcar hechas con el solo propósito de hacernos adictos, tenernos entretenidos y empalagarnos hasta el hastío. Nada de lo que hagamos nos va a satisfacer si seguimos viendo como un problema que no podamos ser algo que son los demás.

Lo otro es las ideas que nos hemos llenado de conceptos banales e idealistas. Estamos llenos de mensajes sobre dejar una huella, hacer que valga la pena, “hustle hustle hustle” y no nos damos cuenta de la realidad delante de nuestras narices. Tenemos que lavar la loza. No podemos evitarlo. No podemos ignorarlo. No podemos postponerlo. Hay que hacerlo. No somos el 1%. No hoy, ni mañana. Y es por eso que es importante que la realidad delante de nuestro ojos se convierta en la mejor motivación.

Dicen: “Has lo que amas y nunca tendrás que trabajar en tu vida”. A esto le llamo: Algodón de Azúcar. La gente no sabe lo que ama. No sabe qué es amar. Si nos confundimos al tener sexo cómo será al elegir un trabajo. Dudamos si la persona con la que acabamos de intercambiar fluidos apasionadamente tal vez pueda amarnos. No reconocemos el amor. Sobre todo porque no es algo fácil de reconocer. Una cosa es nuestra vocación, nuestras aptitudes, los deseos que fueron inculcados por personas que nos influenciaron, y otra es decir que amamos lo que hacemos.

No se hace lo que se ama. No se trabaja en lo que amas. No se trabaja en tu sueño ideal. Eso no existe. Lo que si existe es nuestro propósito personal. Aquel que responde: ¿Quién soy y para qué existo?. No se puede responder a esta pregunta con un “Para amar lo que hago y tener que trabajar nunca”. Lo que haces no es lo que eres. Lo que haces no necesariamente responde al porqué de tu existencia.

Respondamos a la pregunta sobre quienes somos y para qué existimos. Al hacerlo, ya no importa lo que hagamos. Cualquiera que sea la oportunidad que se presente por delante, incluso si esta es lavar la olla en la que se hizo el puré de papa que lleva en el lavaplatos dos días, buscaremos la forma de ser más lo queremos ser y cumplir el propósito para el que existimos. Tenemos uno. Todos tenemos uno.

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