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La brújula desajustada

So let’s keep focused on that goal, those of us who want everything God has for us. If any of you have something else in mind, something less than total commitment, God will clear your blurred vision—you’ll see it yet! Now that we’re on the right track, let’s stay on it. Philippians 3: 15-16 (MSG)  Versión en Español

Empezar un texto con mis propios sentimientos parece un poco romántico y dulzón, pero no puedo evitarlo. Me siento triste y con dolor en el pecho. Me duele la ceguera, la visión nublada, el corazón endurecido, la fe que aún respira pero como pez fuera del agua.

No sé porqué, pero mi mente piensa en generaciones. En grupos de personas, que por una u otra razón, nacieron en el mismo periodo de la historia. La que yo considero mi generación, la que a alguien ocurrió llamar “milenial”, en estos años deja atrás con algo de pesar la juventud y se adentra en una edad adulta. Esa edad que para muchos parece que no les queda, intentan entrar en ella como sobrepeso en pantalón apretado, lo pueden usar pero no les luce. A pesar de todo esto, lo intentan, tratan, dudan pero se atreven.

No es mi generación la que me llena de sentimientos de dolor, no tanto como la que viene tras de nosotros. Aquellos jóvenes que entran o están en sus veintes. A ellos los encuentro perdidos, desorientados, un poco confundidos. Sé que puedo caer en la terrible opción de medir a los otros basado en lo que yo hice (“todo tiempo pasado fue mejor”), pero creo que mi adolescencia y juventud no tienen mucho que ver con el velo pesado que les cubre el rostro. Será que me estoy haciendo viejo? Será por eso el dolor?

Tengo una historia de fe. No la mejor, ni la más ejemplar. Tengo una historia de fe que a requerido de los mismos esfuerzos a los que mi generación se ha enfrentado. Y hasta ahora, con todo y mis dudas más profundas, intento, trato, me atrevo. Sobre todo porque me he dado cuenta que el camino de mi fe es personal. Pero noto con tristeza que para algunos que vienen tras de mi en el camino de la vida, la fe se convirtió en la institución, en las personas, en el ambiente. Una nube que esconde a la fe auténtica, y que con pesar, parece importarles más de lo necesario.

He tratado de cuidar mis palabras con el deseo de evitar herir susceptibilidades, como si eso fuera posible en internet. Mi sentimientos románticos y empalagosos de dolor y pena, deben ser motivados por mi profundo amor por la generación que viene tras de mi. Porque no quiero verlos dudosos y confundidos. Entregados a verdades limitadas que validan sus rencores y angustias. Amarrados en cadenas que ellos mismos se han puesto por poner sus fichas en el número equivocado, el de lo superficial. Tal vez sea la juventud. Tal vez sea la realidad, a la cual me niego aceptar.

Así como lo dijo el Apostol Pablo a los Filipenses: “Pido a Dios que les quite el velo, la mirada nublada, la brújula desajustada. El camino continua, y espero con ansias que pueda verlos a todos en el mismo camino. Ayudándonos a mantenernos en él”. Estoy triste porque me he dado cuenta que los amo y todos los que estamos a su alrededor padecemos por sus dudas e incertidumbres, pero ellos parecen ignorarlo. Y es entendible, pero no es la única forma. Ánimo. Los espero en el camino, si es que aún sigo allí.

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