Cuando tenía algo más de 12 años, junto con mi hermano escribíamos historias. Todas ellas en general basadas en otras historias que conocíamos. Hicimos historietas y dibujos y pruebas de arte y bocetos por montones.

Todos hechos en cuadernos viejos hechos de retazos de cuadernos aún más viejos. En ese entonces no soñábamos con ver nuestras historias hechas realidad, porque ya lo eran. Vivíamos en la perfecta armonía con las historias, los personajes, el proceso de crear. 

Ivan, mi hermano, era el más creativo de los dos. Creaba escenas de batallas de monigotes que eran impresionantes. A su edad temprana, lograba que sus dibujos se llenaran de movimiento y acción, hasta inclusive de vértigo. Era un placer verlo dibujar con esmero y mostrar sus logros.

Yo, por otro lado, tenía la terrible costumbre de querer terminar sin haber empezado. Hacía mis ilusiones tan grandes que de a poco aplastaban mi deseo de lograr algo. Una especie de sobrecogimiento que resultaba en unos cuantos trazos, muchas ideas y poco logrado.

Hasta ahora, mis historias siguen en el anonimato. Mi hermano a participado en un largometraje y ya terminó su primer corto animado. Y aunque a él también algo le cuesta terminar, va un paso adelante. Pero me he decidido que quiero alcanzarlo. Quiero terminar mis proyectos literarios. Quiero contar esas historias que nos hicieron vivir por un momento en una realidad bella al tacto y asombrosa para la imaginación.

Ya voy hermanito, estoy de vuelta al camino de contar historias. 

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